UN BRILLANTE ENCUENTRO DEPORTIVO
_ ¡Así se juega! Decía, Meza, aquella mañana de primavera, mientras
practicaba con una destreza asombrosa el dominio del balón.
En el campo le acompañaban sus demás compañeros que también practicaban y
ambicionaban ser como las grandes estrellas del balompié.
Y en ese preciso instante apareció de la nada, su entrenador; quien era
delgado, alto, atlético, muy amable, pero bien exigente.
_ ¡Hay que ser disciplinados! ¡Hay que jugar con mucha técnica! ¡Y con
mucha inteligencia! Les decía a sus pupilos, mientras les entrenaba con una
maestría única.
Al rato, de que estaban dispersos por todo el campo, entrena y entrena, les
reunió a todos, y por fin pudo elegir a los once titulares que jugarían el
próximo partido.
_ ¡Este domingo jugamos contra los dinámicos! ¡Todavía nos
quedan varios días para entrenar! Les dijo, a todos.
Y el equipo de los fabulosos quedó conformado con un esquema táctico, más o
menos, así:
4, 3, 3.
Un arquero,
Cuatro defensas,
Tres mediocampistas,
Tres delanteros.
_ ¡Hay que jugar con voluntad! ¡Hay que meter gol! Les decía, mientras les
iba entrenando en forma organizada.
Y entrenó al arquero, su flexibilidad, velocidad y desplazamiento; con
balones arriba y con balones abajo.
Y practicaron pases, tiros libres, tiros de esquina, penales, saques,
lances y jugadas elaboradas por aire y a ras del suelo. Y además dominio,
precisión, resistencia y rapidez.
Y esta vez tenían que jugar la gran final de todo un campeonato que había empezado
ya varios meses atrás, y esta vez jugarían contra los dinámicos.
Ambos equipos, para llegar a la gran final, habían empezado jugando a más
no poder, y aunque no había sido nada fácil, pero habían avanzado dejando atrás
a muchos equipos, deleitando a su hinchada, y ganando con garra y corazón en
todos los partidos programados.
Esta vez, este último partido que aparecía bien grande en las noticias,
pues, nadie quería perderse, porque iba ser de candela.
Ese día, el equipo de los fabulosos estaba conformado por Caíco,
Cántaro, Izaguirre, Saldaña, Meza, Melgarejo, Cervera, Campos y por muchos
otros más. Y auspiciada por la Federación del Deporte.
Y ya la hinchada se dejaba escuchar con sus barras animando a su equipo
favorito.
_ ¡Aquí, allá;
Mi equipo ganará!
Y llegó el gran día de la gran final del campeonato, las entradas al
estadio se vendían como pan caliente, y con estadio lleno el Sol parecía que
celebraba el deporte, era un día radiante que ni las sombras lo podían opacar.
Las emociones se abrían como las flores y el estadio se vestía de colores y de
fantasía.
Ese día de los años maravillosos y de plena juventud. El estadio lucía
embanderado y con un césped verde, y todo renovado y bien pintado, por dentro y
por fuera, y se respiraba un aire de frescura.
Y ya las barras se veían en el oriente la de los fabulosos y la de los
dinámicos, en occidente. Y había bastante seguridad. Era una buena estrategia
de los organizadores para evitar agresiones y violencia.
Al rato, con el caer de la tarde, salían desde sus camerinos ambos equipos,
entre sueños pintados en el cielo y la aceptación de toda la gente que se ponía
de pie para aplaudir, los fabulosos vestidos de color verde y los dinámicos, de
color amarillo, en fila, alineados. Adelante iban los árbitros de línea y de
centro.
Y llegaron al centro del campo de juego, y se instalaron en fila
para empezar la ceremonia de clausura.
El estadio estaba lleno de gente de todas las edades y de todas las
sangres. Y se entonó el himno nacional, se sortearon los campos norte y sur. Y
se tomaron las fotos del recuerdo.
Los entrenadores con los suplentes ya estaban sentados en las bancas.
Siempre a la expectativa a lo que venía sucediendo en el campo de juego.
Orientando de vez en cuando a sus pupilos.
Y se escuchó el silbatazo del árbitro, y empezó el partido, y la pelota se
movía constantemente, y rodaba y subía y bajaba, y ya parecía que tenía alas, y
los jugadores subían y bajaban, iban y venían y la barra cada vez aumentaba, de
menos a más, su animación espontánea.
Y el balón rodaba de aquí para allá y de allá para acá, pase a pase, con
una técnica asombrosa nunca vista jamás hasta entonces. Y todo quedó en
silencio hasta que las barras empezaron a animar, con muchas ganas, a su equipo
favorito con sus polos, banderolas, matracas, silbatos, trompetas, tambores,
bombos, serpentinas, bombardas y se dejaban escuchar en el oriente y en el
occidente con sus arengas muy bien aprendidas.
¡Arroz, arroz, arroz…
Mi equipo es la voz!
¡Avión, avión, avión…
Mi equipo es el campeón!
¡Aquí, allá
Mi equipo ganará!
Y empezó el partido, y la pelota iba y venía, y ambos equipos subían y
bajaban, y daban el todo por el todo, y que técnica, y que juego, cabeza,
pecho, llevadas extraordinarias, faltas, saques, tiros libres, tiros de
esquinas, tiros al palo, buenas atajadas y de todo se daba y nadie perdía la
vista a la pelota que se dibujaba con el viento fresco de aquella primavera.
Y las barras se dejaban escuchar y el estadio estaba completamente lleno y
se vivía la fiesta del fútbol.
_ ¡Jueguen! ¡Balón, balón, …! Decía, el árbitro, a los jugadores, para
evitar faltas.
Y de pronto, cuando ya faltaban poquísimos segundos para que acabe el
primer tiempo, la pelota salió y fue tiro de esquina a favor de los dinámicos.
Y cuando se pensaba que la pelota iba a ser lanzada para un certero cabezazo,
como suele suceder. La pelota fue disparada de un solo zapatazo, y se elevó en
parábola y como si tuviera vida se metió por un ángulo del arco. El arquero se
lanzó estirándose lo más que pudo, pero esta vez fue inevitable. Y se escuchó
el silbatazo del árbitro. Y se escuchó en todo el estadio.
_ ¡Gooool!
La prensa cumplía un papel muy importante. Ya que, el partido, lo estaban
trasmitiendo en vivo.
La barra de los dinámicos animaban a una sola voz. ¡Qué euforia! ¡Qué
celebración!
Los jugadores de los dinámicos también celebraban su gol. Había sido un gol
olímpico. Y la barra no cesaba de celebrar.
Y ya la hinchada se dejaba escuchar con sus barras animando a su equipo
favorito.
¡Dinámicos, dinámicos
Ra, ra, raaa…!
¡Aquí, allá
Mi equipo ganará!
Y al ratito de continuar el juego, el árbitro miró su cronómetro, y dio por
concluido el primer tiempo.
Y casi todos se pusieron de pie, y los comerciantes empezaron con su
negocio, y ya las rosquitas, cachitos, empanadas, alfajores, maníes y pecanas
por aquí; y ya los helados, las raspadillas, las cremoladas, las gelatinas, los
marcianos y las frutas por allá. Y se hacían presente las ricas causas, los
anticuchos, picarones, choclos, tamales y todo para saciar la sed y
el hambre. Los comerciantes hacían su agosto, y en esa bella tarde de
primavera, todos ellos tuvieron un negocio redondo.
Y se fueron a descansar con un resultado de uno a cero, a favor de los
dinámicos, y cuando ya estaban ambos equipos en sus respectivos camerinos.
_ ¡Hay que demostrar que somos un equipo de verdad! ¡No se olviden! ¡Hay
que tener fe! ¡Hoy tenemos que ganar! Les decía, a los fabulosos su entrenador.
Y luego, ambos equipos, bien restaurados, y con algunos cambios en sus
jugadores, salieron nuevamente al campo entre tanta gente que se había puesto
de pie, y que no paraba de aplaudir. El árbitro miró su cronómetro, y dio
inicio al segundo tiempo que todos esperaban. Los fabulosos jugaban esta vez de
norte a sur.
Toda la tribuna se sentó y todo se quedó en un aparente silencio, los ojos
seguían más de cerca al balón que iba y venía, y rodaba y se elevaba y volaba
por el aire. Por arriba, por abajo, cabeza, pecho, rodilla, llevadas, en zigzag
y a ras del suelo. Y de pronto, sacaron los fabulosos. Y Caíco, el arquero, lo
atrapó al balón y lo lanzó con la mano a Cupitán, quien lo paró y le dio pase a
Meza, y pase y pase, por arriba y por abajo, Cervera con Campos, y
avanzaron rápidamente, y se llevaron a un jugador y luego a uno, a dos y a
tres; y cuando Campos ya estaba listo para patear al arco, le cometieron falta
dentro del área.
_ ¡Penaaaal! Se escuchó en toda la barra de los fabulosos.
Y el árbitro dio un silbatazo sentenciando penal, y le mostró la tarjeta
amarilla al agresor.
Y fue Campos el encargado de ejecutar el penal. Y todo quedó en silencio
absoluto. Y el tiro fue un relámpago que hizo que el balón cruzara el espacio
con una rapidez asombrosa.
_ ¡Gooool! Se escuchó en el oriente. Era la barra de los fabulosos que
celebraban el empate.
La pelota se había escurrido entre el palo y las manos del arquero, con una
velocidad increíble y terminó descansando en las redes, en el fondo del arco. Y
era gol a favor de los fabulosos. Y la barra seguía alentando a su equipo.
_ ¡Fabulosos, fabulosos,
Ra, ra, raaa…!
¡Aquí, allá
Mi equipo ganará!
Y el partido estaba uno a uno, un empate que estaba para cualquiera. Y
desde ese tiempo a esta parte, todo volvía al comienzo, con el empate.
_ ¡El triunfo está para cualquiera! Decían, los de la prensa.
Y el partido seguía uno a uno, y los jugadores se esforzaban con todas sus
fuerzas, y subían y bajaban, había ataque y defensa en forma simultánea, y la
pelota iba y venía en forma constante, a veces a ras del suelo y a veces
danzaba en el cielo. Y el tiempo se venía encima y las barras nunca se
callaban.
_ ¡Vamos a jugar,
Vamos a luchar
Que el triunfo
Vamos a alcanzar!
Y la gente se paraba y se sentaba con una euforia sorprendente, y se veían
olas en las tribunas. Era toda una fiesta inolvidable. Y todos vivían la pasión
del deporte. Y se escuchaba a las barras alentando a sus equipos.
_ ¡Y va a ganar
Y va a ganar
Mi equipo
Va a a ganar.
Y va a perder
Y va a perder
Ese equipo
Va a perder!
Y cuando solo faltaban poquísimos minutos para que se acabe el partido. Los
dinámicos atacaban y los fabulosos se defendían. Y un disparo salió y casi le
hacen gol a los fabulosos. Caíco, el arquero, lo atrapó al balón en un segundo
y luego lo lanzó con la mano a Izaguirre, quien lo paró en un
segundo y luego le dio pase a Melgarejo, y pase, pase, hasta que el balón ya
estaba en los pies de Campos, quien empezó a jugar y con suma rapidez avanzó y
se llevó a un jugador, y luego a uno, a dos y a tres y le dio pase a
Meza quien también se llevó a uno, a dos y a tres, y le cometieron falta.
_ ¡Faltaaaaa! Se escuchó en toda la barra de los fabulosos.
Y el árbitro dio un silbatazo sentenciando tiro libre, y le mostró la
tarjeta amarilla al agresor.
Y fue Meza el encargado de ejecutarlo. Era un tiro libre de casi media
cancha. Y todo quedó en silencio absoluto.
La barra de los fabulosos ya se imaginaban gritando gol, y mientras, que
los dinámicos, no querían ni verlo.
_ ¡Ya sabes lo que tienes que hacer! Le dijo, su entrenador, desde la banca
de los suplentes.
_ ¡Sí! Le contestó, Meza, mientras se preparaba para disparar.
Y se escuchó el silbatazo del árbitro.
Y Meza le metió un zapatazo con efecto al balón, y la gente se quedó en un
silencio total. La tarde se volvió más bella que nunca. Y el balón se elevó,
casi invisible, por los cielos de aquella tarde, y por encima de la barrera
impenetrable, y continuó su curso como una bala y bajó justo al ángulo superior
del arco, el arquero se lanzó, y apenas pudo tocarlo, pero no pudo evitar que
ingrese al arco, todo fue tan rápido y se escuchó el silbatazo del árbitro
anunciando el gol.
_ ¡Gooool! Se escuchó en el oriente. Era la barra de los fabulosos que
celebraban con una euforia asombrosa.
La pelota se había metido entre un ángulo superior del arco y las manos del
arquero, con una velocidad increíble y terminó descansando en las redes, en el
fondo del arco. Y era un brillante gol a favor de los fabulosos, quienes
celebraban con su alegría jamás vista hasta entonces. Y la barra seguía
alentando a su equipo.
_ ¡Fabulosos, fabulosos,
Ra, ra, raaa…!
_ ¡Ojo, pestaña y ceja
Mi equipo no se deja!
¡Avión, avión, avión…
Mi equipo es el campeón!
Y al ratito de continuar el juego, el árbitro miró su cronómetro, y dio por
concluido el partido.
Y todos se pusieron de pie, y no cesaban de aplaudir por tan brillante
encuentro deportivo jamás visto hasta entonces.
Al final, ambos equipos fueron premiados, por campeonar, como en los
grandes mundiales.
SU TEMÁTICA:
Por cuestiones del destino, nació
entre el cielo y mar, y con el viento suave de la brisa y con las aves que
vuelan por el cielo. Vivió, con su calma y con su prisa, con las flores en su aroma
y en tiempos de abundancia y también de escasez. Y de cálidos veranos y crudos
inviernos. Vivió, también, en ambientes de profundas quebradas y altas
montañas, y sobre sembríos que se expandían, al nacer, como alfombras
interminables llenas de fantasía. Y es allí, donde aprendió a ver a las
estrellas como lámparas incandescentes y al Sol como a una naranja encendida en
el cielo. Y también, a la vida, como un alegre amanecer que crece con las
claridades de la mañana.
Y aprendió a escribir sus primeras
letras con su dedo en el suelo. Esta atmósfera, tan pequeña y tan grande a la
vez, hizo que empezara con su temática hiperbólica en algunos momentos de
gratos recuerdos, y que va desde la realidad a la fantasía y más allá de la
imaginación. Y está llena de emociones, dinamismo, percances y aventuras. Y que
avanza tejiendo sus sueños y con esas ganas de seguir adelante, y vivir como en
una mañana tomando un café con aroma a poesía o una historia interesante jamás
contada hasta entonces.
Una constante en sus líneas es el
asombro que causa al lector, y que es algo inaudito, y que es tan real que
parece un sueño, y es el tiempo que pasa de prisa y que no vuelve nunca más. Y
también, es el optimismo, el trabajo, los presagios, la libertad, el amor, el
éxito y el fracaso, la duda y la fe y la vida y la muerte.
Muchas gracias, amigo Llosa, por la publicación de uno de mis textos, que me inspiré en mis compañeros del colegio y en la pasión por el deporte.
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